Corría el año 2007 cuando aquellas extrañas y desconcertantes palabras penetraron en el interior de nuestras mentes: turbulencias financieras.

La procedencia de una turbulencia financiera, cómo se genera o quién la provoca es algo que indudablemente nadie conoce, pues un concepto así corresponde a un fenómeno paranormal.

Si la condición de una turbulencia financiera no fuese paranormal, el desencadenamiento de la crisis hace tiempo que se habría erradicado.

Por citar un método, mediante el encarcelamiento de los máximos responsables del Banco Mundial, del FMI, del Banco de España, de Lehman Brothers, o de los Departamentos de Economía de la superpotencia económica y militar de Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania o España. Obsérvese que no se mencionan brokers de París o intermediarios de Palm Beach: no atender a esta singularidad sería crucial.

Hoy, transcurridos cinco años de aquella monstruosa anormalidad, un reciente estudio sobre fenómenos paranormales elaborado por el BBVA, nos indica la existencia de tensiones financieras superiores a las detectadas en aquel tiempo y lugar en el que como bichos en el tazón de la leche nos dejamos caer.

¿Es la hora de que los cazafantasmas del BCE determinen los niveles exactos de la toxicidad, o más bien la de considerar las «turbulencias» como un fenómeno humano y natural, por el que alguna responsabilidad se pueda determinar?