Todo sucede por azar o quién sabe. Francisco J. Pérez es enterrado junto a su carnet laboral. Se trata de un acto simbólico, promovido por sus compañeros proletarios, que deciden honrarlo así por su ejemplaridad. A todo el mundo le parece bien, pero este detalle -el diablo está en ellos- impedirá a su mujer cobrar la pensión por viudedad.

El sobrino del fallecido y protagonista de “La muerte de un burócrata” se verá desde ese instante enfrentado a una pesadilla kafkiana -vacíos legales, defectos de forma, filas interminables ante la ventanilla de un funcionario…- donde el restablecimiento de cualquier clase de coherencia será censurado de un modo aparentemente inocente pero absolutamente macabro.

En mi lista de películas favoritas, “La muerte de un burócrata” es otra de esas comedias donde nada tiene ni puñetera gracia y, sin embargo, no puedes evitar echar una carcajada. Un absurdo infinito. Una crueldad intolerable. Un lugar donde los personajes grises, oscuros y tramposos imponen su absurda lógica del mundo al resto de los mortales.