Admite un amplio y jugoso análisis el extraordinario caso de José Antonio Monago, político y actual presidente de Extremadura, del que su propia cuenta de twitter nos ha hecho conocer, recientemente, su aparente afición a los matamarcianos online.

No es un caso novedoso, pues la actual Ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Ibáñez, ya “sufrió” -o tal vez “disfrutó”- de un suceso similar ocurrido en parecidas y extrañas circunstancias.

Las justificaciones, enmarcadas en la ambigüedad o en determinadas travesuras infantiles, han pretendido minimizar y quitar hierro a un asunto que tiene una profundidad mucho mayor de la que a simple vista parece.

No parece permisible que cargos y personajes públicos vean comprometida su privacidad a través de las redes sociales usadas con fines políticos, incluso aunque ésta sea comprometida en áreas tan ridículas y fútiles como las de los videojuegos con los que “aparentemente” se entretienen.

Tiene esta tendencia recurrente un viento verdaderamente macabro si se pone, además, en combinación con un escenario de fondo tan crítico y desolador como el actual.

Al mismo tiempo que España languidece, las cuentas de twitter de los políticos que sin ningún éxito la reaniman nos informan, sin embargo, de la excelente productividad que éstos ostentan en facetas de una relevancia, digamos, mucho menor.

Es como si un espíritu burlón tratase por todos los medios de generar el mayor ambiente de crispación.

Ya sea por travesuras infantiles, eternos “community managers” adolescentes, “smartphones” infectados,” trolls” o “hackers” con objetivos mucho menos ambiciosos -políticamente hablando- que los de Julian Assange…

…españoles…: España está viva, pero da mucha pena.