El sociólogo francés Emile Durkheim, en su libro clásico “Sobre el suicidio”, examinó la desintegración de los vínculos sociales que lleva a los individuos y las sociedades a actos personales y colectivos de autodestrucción. Descubrió que cuando los vínculos sociales son fuertes, las personas logran un equilibrio saludable entre la iniciativa individual y la solidaridad comunitaria, al que llamó un “equilibrio sustentador de la vida”. Estas personas y comunidades tienen las tasas más bajas de suicidio. Los individuos y las sociedades más susceptibles a la autodestrucción, escribió, son aquellas para quienes estos vínculos, este equilibrio, se ha roto.

Las sociedades se mantienen unidas por una red de vínculos sociales que les da a las personas la sensación de ser parte de un colectivo y participar en un proyecto más grande que uno mismo. Este colectivo se expresa a través de rituales, como las elecciones y la participación democrática o un llamamiento al patriotismo y las creencias nacionales compartidas. Estos vínculos construyen un significado, sentido de propósito, status y dignidad. Ofrecen protección psicológica contra la mortalidad inminente y la sensación de “sinsentido” que embarga cuando se está  aislado y solo. La ruptura de estos vínculos sumerge a los individuos en una angustia psicológica profunda que conduce finalmente a actos de autoaniquilación. Durkheim llamó a este estado de desesperanza y desesperación “anomia”, que definió como “ausencia de reglas”.

La ausencia de reglas significa que las normas que gobiernan a una sociedad y crean un sentido de solidaridad orgánica ya no funcionan. La creencia, por ejemplo, de que si trabajamos duro, obedecemos la ley y obtenemos una buena educación, podemos lograr un empleo estable, estatus social y movilidad además de seguridad financiera se convierten en una mentira. Las viejas reglas, imperfectas y a menudo falsas para los pobres de color, sin embargo no eran una ficción completa en los Estados Unidos. Ofrecieron a algunos estadounidenses -especialmente a los de clase trabajadora y clase media- un modesto avance social y económico.

Pero la captura del poder político y de la economía como concepto por parte de las élites empresariales, junto con la redirección de todas las instituciones hacia una mayor consolidación de su poder y riqueza, ha roto los lazos sociales que mantenían unida a la sociedad estadounidense. Esta ruptura ha desencadenado un malestar generalizado que Durkheim habría reconocido.

“Cuando la sociedad está fuertemente integrada”, escribió, “mantiene a las personas en un estado de dependencia, dirigiéndolas a su servicio y, en consecuencia, no les permite disponer de sí mismas como podrían desear”. La sociedad se opone así a que escapen de sus obligaciones a través de la muerte. … El vínculo que los une a su propósito común los une a la vida; y, en cualquier caso, el objetivo supremo hacia el que dirigen sus miradas alivia el sufrimiento que sienten por los problemas de la vida. Finalmente, en una comunidad coherente y vital, hay un intercambio continuo de ideas y sentimientos de todos para cada uno y de cada uno para todos, que es como un apoyo moral mutuo, de modo que el individuo, en lugar de verse reducido a sus recursos únicamente, participe en la energía colectiva y recurre a ella cuando la suya está exhausta”.

La reconfiguración de la sociedad estadounidense en una oligarquía y el colapso de nuestras instituciones democráticas han dejado a la mayoría de la población sin poder. Las élites, depredadoras por naturaleza, han descartado toda restricción. “El estado de desorganización, o anomia, se ve reforzado por el hecho de que las pasiones son menos disciplinadas en el momento en que necesitan una disciplina más fuerte”, señaló Durkheim sobre la avaricia de los ricos.

“No en vano tantas religiones han celebrado los beneficios y el valor moral de la pobreza”, escribió Durkheim. “Esto se debe a que, de todas las escuelas, es la que mejor le enseña al hombre a contenerse. Al obligarnos a ejercer una disciplina constante sobre nosotros mismos, nos prepara para aceptar la disciplina colectiva con docilidad, mientras que la riqueza, exaltando al individuo, constantemente corre el riesgo de despertar el espíritu de rebelión que es la fuente misma de la inmortalidad”.

El sistema político, como lo subraya la investigación de los profesores Martin Gilens y Benjamin I. Page, ya no promueve los intereses del ciudadano medio. Ha convertido el consentimiento de los gobernados en una broma cruel. “El punto central que surge de nuestra investigación es que las élites económicas y los grupos organizados que representan intereses comerciales tienen un impacto sustancial en la política del gobierno de los EE. UU., mientras que los grupos de interés basados ​​en masas y los ciudadanos promedio tienen poca o ninguna influencia”. Esta panorámica de la dinámica democrática destruye uno de los principales vínculos sociales en un estado democrático y anula la creencia vital compartida de que los ciudadanos tienen el poder de gobernarse a sí mismos, que el gobierno existe para promover y proteger sus derechos e intereses.

Las estructuras económicas, como las estructuras políticas, se han reconfigurado para burlarse de la fe en la meritocracia y en que el trabajo duro conduce a un papel productivo y valioso en la sociedad. La productividad estadounidense, como señaló The New York Times, ha aumentado un 77% desde 1973, pero el salario por hora ha crecido solo 12%. Si el salario mínimo federal estuviera vinculado a la productividad, escribió el periódico, estaría en 20 dólares a la hora, no en 7,25. Aproximadamente 41,7 millones de trabajadores, un tercio de la fuerza de trabajo, ganan menos de 12 dólares por hora, y la mayoría de ellos no tienen acceso a un seguro de salud financiado por el empresario. Una década después del colapso financiero de 2008, escribió el Times, el patrimonio neto de una familia de clase media es inferior en más de 40.000 dólares al promedio de 2007. La cifra para las familias negras ha bajado un 40%, y para las latinas un 46%.

La disparidad económica y la disfunción política se han visto exacerbadas por el colapso del sistema judicial, como escribe Matt Taibbi en su libro.”La división: la injusticia estadounidense en la era de la brecha de riqueza”. Existe una criminalización agresiva de los pobres, mientras que las élites gobernantes están protegidas por abogados caros y la no aplicación o reescritura de las leyes. En medio de una aplicación selectiva de las leyes en una sociedad sin reglas, los derrochadores de Wall Street y otros enclaves financieros no son procesados ​​por poseer e ingerir drogas ilegales, pero los pobres son encarcelados y deben perder todas sus propiedades por ser atrapados con pequeñas cantidades de las mismas drogas. HSBC, el séptimo banco más grande del mundo por activos totales, tras admitir el lavado de 800 millones de dólares para los carteles de drogas de Centroamérica y Sudamérica, fue sancionado con multas en gran parte simbólicas y un acuerdo de enjuiciamiento diferido, que es el equivalente legal de una tarjeta de salida de la cárcel. Los pobres, mientras tanto, son perseguidos, arrestados y multados por actividades absurdamente criminalizadas como no cortar el césped, merodear, vender cigarrillos sueltos, llevar botellas abiertas de alcohol o “obstruir el tránsito de peatones”, lo que significa pararse en una acera. Estas multas se utilizan para cubrir las deficiencias presupuestarias del estado que resultan de eliminar las leyes que harían pagar a las corporaciones y a los ricos impuestos significativos, o, simplemente, impuestos. Este boicot fiscal de los ricos ha roto otro vínculo social más, la idea de que todos contribuimos con una parte importante de nuestros ingresos para que la sociedad funcione.

Las élites, que sacrifican “cero” por la sociedad y resultan liberadas de  sus comportamientos criminales, viven en lo que Taibbi llama un “archipiélago sin estado”. Están facultados para saquear la nación, acumular una riqueza obscena y ejercer un control político y legal sin supervisión alguna. El resultado ha sido la eliminación de los vínculos sociales primarios que, por muy sesgados que estuvieran a favor de la mayoría blanca, mantenían unida a la nación.

La ruptura de estos vínculos ha dejado a decenas de millones de estadounidenses a la deriva. La sociedad, escribió Durkheim, ya no es “lo suficientemente obvia para los individuos”. La única posibilidad que resta de participar en la sociedad ya solamente es, como escribió Durkheim, “a través de la tristeza”. Las patologías autodestructivas que plagan a los Estados Unidos -adicción a los opiáceos, obesidad mórbida , los juegos de azar, el suicidio, el sadismo sexual, los grupos de odio y los tiroteos masivos- emergen de esta anomia. En mi nuevo libro, “America: The Farewell Tour “, examino estas patologías y la anomia que alimenta estos comportamientos autodestructivos.

Durkheim señaló que los pobres tienen tasas más bajas de suicidio. Los pobres saben que las reglas están manipuladas en su contra. James Baldwin concluyó más o menos lo mismo cuando escribió que los hombres afroamericanos son menos propensos a una crisis de la mediana edad que los hombres blancos porque son menos susceptibles al mito del sueño americano. La mayoría de los afroamericanos aprenden muy temprano en la vida que hay dos tipos de reglas. Pero los estadounidenses blancos, debido a la supremacía blanca, son más susceptibles al mito, y por lo tanto se enfurecen más cuando ese mito se expone como una estafa. Sospecho que esta es la razón por la cual casi todos los tiradores en masa y miembros de grupos de odio de derecha, junto con la mayoría de los partidarios de Donald Trump, son hombres blancos.

El capitalismo, escribió Durkheim, es antitético para crear y mantener las relaciones que son vitales para los vínculos sociales. El capitalismo recompensa a aquellos para quienes las relaciones personales o profesionales son transaccionales y temporales. Las relaciones bajo el capitalismo son mercenarias. Son parte del plan para el autodesarrollo personal y requieren del engranaje que puedan aportar “los otros”. Para avanzar en un sistema capitalista es necesario construir, y acto seguido destruir, relaciones que en definitiva están huecas. Estas relaciones vacías, y puedes verlas en cualquier reunión comercial, contribuyen a la anomia colectiva y a la desintegración de los vínculos sociales.

El capitalismo quizás pueda satisfacer el deseo natural de muchos de enriquecerse a sí mismos, pero nadie puede querer que este sistema de creencias domine a la sociedad. El capitalismo recompensa a narcisistas decididos y, a menudo, también a estafadores sin empatía e incapaces de arrepentirse. Recompensa a aquellas personas enfocadas exclusivamente a obtener ganancias personales y auto-engrandecimiento. Estos capitalistas de pro a menudo carecen de la capacidad de formar vínculos significativos, y solo ven a los demás como herramientas para la mercantilización y la explotación. Una vez que la clase capitalista logra el control completo, como lo ha hecho en Estados Unidos, desmantela las estructuras que hacen posibles los lazos sociales, viendo en ellos un impedimento para obtener ganancias. Cuanto más concentrada está la riqueza, como ocurre con el sistema capitalista, mayor es el daño que se inflige a la sociedad, enviando los puestos de trabajo a talleres clandestinos del extranjero y dejando a los trabajadores estadounidenses subempleados o desempleados.

Karl Marx vio la alienación como una fuerza positiva, una que distanciaba a los trabajadores de los medios de producción y los impulsaba a cuestionar las estructuras de poder, a educarse acerca de su explotación y su rebelión. Pero para Durkheim, esta alienación o anomia es debilitante. Es, escribió, “una astenia colectiva” que nos drena la energía y la voluntad. Se manifiesta en odio a uno mismo. De hecho, podemos entender lo que está sucediendo a nuestro alrededor, argumentó Durkheim, pero carecemos de la capacidad de liberarnos de la desesperación, la frustración y la ira que paralizan nuestras vidas.

“Nuestras acciones requieren de un objeto externo”, escribió Durkheim. “No es porque necesitemos mantener la ilusión de una inmortalidad imposible: es porque está implícito en nuestro ser moral y no puede perderse, ni siquiera parcialmente, sin que ese ser moral pierda su razón de ser. No hay necesidad de demostrar que en tal estado de colapso, la más mínima causa de depresión puede dar lugar con cierta facilidad a actos desesperados. Cuando no merece la pena vivir, todo se convierte en un pretexto para librarnos de ella”.

“Las personas están demasiado engranadas en la sociedad como para no sufrir si la sociedad misma se deteriora”, agregó Durkheim. “El sufrimiento de esta inevitablemente se convierte en el propio de cada uno”.

El presidente Trump no es el resultado del robo de los correos electrónicos de Podesta, James Comey o el racismo -aunque él y muchos que lo apoyan son racistas- o bots rusos. Los demagogos surgen de las democracias fallidas plagadas de falta de reglas y anomia. Le dicen a la población enfurecida lo que quiere escuchar y, crudamente, para el deleite de los traicionados, ridiculizan a las élites que los vendieron.

Eliminar a Trump de la administración sin analizar la ausencia de equilibrio social y la anomia que definen las vidas de decenas de millones de estadounidenses no serviría para restaurar la democracia. De hecho, probablemente consolidaría el poder de un fascismo cristianizado que se cubre con una piedad empalagosa y una falsa moral. El vicepresidente Mike Pence, porque es una criatura de la derecha cristiana y ha ingerido su ideología protofascista, probablemente sería peor que Trump si ganara la presidencia.

La izquierda, como la mayoría de los críticos de Trump, personaliza nuestra decadencia. Se enfoca miópicamente en Trump, que es el síntoma, no la enfermedad. Se enreda con pensamientos como que los rusos roban las elecciones al tiempo que se niega a examinar las profundas heridas de la sociedad, heridas que se exacerbaron cuando el Partido Demócrata de Bill Clinton vendió a la clase trabajadora. Si no curamos estas heridas, si no restauramos los lazos sociales destrozados por el capitalismo corporativo más salvaje, cuando llegue la próxima crisis financiera -y llegará- esta anomia colectiva explotará. Los demonios aterradores, cabalgando sobre estas patologías oscuras y autodestructivas, surgirán de las profundidades del pantano sin reglas.

Artículo de Chris Hedges publicado originalmente en inglés en Truthdig

Ilustración: Mr. Fish