Supongamos que este león fuese un ciudadano y por lo tanto un “animal político” y social.

Imaginemos también que estuviese atravesando un periodo de hambruna, escasez y crisis terminal.

A la vista de su placidez, parecería una gran contradicción, ¿no?

Pensemos ahora, sin mayor complejidad, que el Congreso de los Diputados estuviese lleno de comida, dietas, recursos, abundancia y apalabramientos.

¿No resultaría raro que el máximo dirigente y benefactor de la sociedad premiase y fomentase el distanciamiento y la mansedumbre del animal político en cuestión?

¿Resultaría cómodo para la conciencia del benefactor cometer esa truculenta traición abocándole a la inanición?

Empecemos otra vez.

Imaginemos una sociedad en la que se ha prohibido tener hambre y morir de inanición.

Supongamos que todos los leones piensan con el corazón…