No le parece en absoluto adecuado al ex presidente del gobierno español, Don Felipe González, que el actual líder del principal partido de la oposición, Don Alfredo Pérez Rubalcaba, pueda ahora someter con aquel penoso y tormentoso “váyase, señor González” a Don Mariano Rajoy, de la misma forma en la que lo hizo el ya también ex presidente español, Don José María Aznar, durante su agresiva etapa al frente de la oposición del gobierno de la nación.

Y no le parece en absoluto adecuado, ni aun existiendo “todos los días informaciones suficientes para hacerlo” o aunque considere que es “la consecuencia lógica a todo este proceso” (ver declaración).

Así, que ni los supuestos delitos de financiación política irregular, cohecho o fraude fiscal, por citar tan sólo algunos ejemplos, deben ser constitutivos, para él, de “informaciones” por las que se deba exigir la renuncia a la oportuna responsabilidad política, económica y social.

Por el contrario, le parece mucho más oportuno que “el presidente del gobierno tome las decisiones que tiene que tomar para cortar esta situación”, incluso aunque el aludido en cuestión ya haya avisado de que “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso es también una decisión”.

¿Podría estar ignorando el ex presidente español que la misma persona que en su opinión debe tomar la decisión envuelve también a aquélla sobre la que recaen serias y gravísimas sospechas de corrupción?

¿Cómo puede plantear el señor González semejante proposición, cuando el propio Rajoy ya se ha jactado de que su principal aptitud como gobernador consiste en hacer política bajo la inefable y absurda modalidad del un, dos, tres, chocolate inglés?

Constituye una parte más de la enfermedad, y no precisamente de la cura, que las palabras del señor González pretendan legitimar una fórmula absolutamente ilícita de sanar y erradicar el crónico y anómalo funcionamiento institucional.

Más, cuando, según su misma declaración, la cúpula institucional a la que atribuye de forma cautelar la potestad de tomar una decisión de carácter “radical”, debiera ser tomada con una sola finalidad: “no buscar culpables” (…).

Sí, tal vez debiese existir una fórmula similar a la exitosa amnistía fiscal.

Una amnistía política y criminal, quizás.