No se sabe hasta qué punto los orquestadores de este país moralmente amorfo que es hoy España diseñaron la inefable amnistía fiscal para beneficio único y placer de señores como Díaz Ferrán, aquel tipo al que del mismo modo que no le temblaba el pulso a la hora de ser un codicioso estafador, tampoco le importaba un comino regularizar su condición de defraudador.

Me imagino al señor Montoro con unas cuantas gotas de sudor resbalándose suavemente por su cabeza,  además de una incómoda y petrificada mueca en el rostro, hojeando el informe final de recaudación de la amnistía fiscal.

¿Y ahora qué hacemos?”, debió de pensar el pobre hombre.

Me imagino también al señor Díaz Ferrán en el preciso instante de su detención, dudando aún acerca de si todo aquello estaba siendo un mal sueño o no, para comenzar a preguntarse a continuación en qué momento de su vida habría perdido sus privilegiadas condiciones de acceso a ciertas clases de información.

Y más allá de todo este asunto, podría uno pensar o imaginar a Ana Botella valorando la situación de su imagen política y mediática actual, tras la tragedia mortal que tuvo lugar en un espacio público de su ciudad, alrededor de la cual se ha descubierto una troposfera de corrupción y actuaciones negligentes de desproporcionado grosor.

Yo sólo soy la alcaldesa”, dice ella a su marido en el instante justo en el  que el mundo se vuelve una vez más del revés.