No existe una explicación mínimamente razonable a la sorprendente circunstancia por la que las mayorías democráticas reelijen a aquellos candidatos y partidos políticos que más vergonzosamente han demostrado ejercer una correcta y adecuada representación de la sociedad actual.

Suponiendo que el fortalecimiento de los intereses de la colectividad sea el objetivo de cualquier sistema económico y social, la inefable validación de la actual brecha entre mercado y sociedad constituye un enigma lógico de dificilísima resolución.

¿Dónde ubicar los objetivos de una ciudadanía ética y universal?

¿En las coordenadas de una economía capitalista, anárquica y liberal, que enguye y arrasa el tejido laboral de cualquier economía local hasta encontrar otro territorio en el sistema global donde saciar su codicia e insolidaridad?

¿En las inmediaciones de una cultura egoísta e individualista, aturdida hasta tal punto por su prosperidad, que no es capaz ni de detectar el insoportable y nauseabundo olor de las cloacas que su falta de sensibilidad han hecho proliferar?

¿En la mano invisible de Adam Smith, sanguijuela parasitaria de cualquier presupuesto estatal en la actualidad?

¿O en el liderazgo de los políticos que al negociar con el poder económico y empresarial se presentan con las manos y los pies anudados en la sala de recepción de cualquier multinacional?

Indudablemente… no.

Pero la pregunta era dónde.