1- Ha ganado la abstención: Más de 9 millones de personas no ejercieron su derecho al voto en las elecciones del pasado día 20 de diciembre. ¿El acto de votar en democracia debería constituir no solo un derecho sino también una obligación? Si los presidentes y vocales electos del conjunto de las mesas electorales de España pueden cometer delito penal cuando no se presentan a los comicios para la realización de sus respectivas funciones, ¿cómo es posible que más de 9 millones de personas ni siquiera incurran en una sanción administrativa? Una multa de en torno a 100 euros por cada abstencionista o reduciría significativamente la abstención o lograría generar una recaudación próxima a los 1.000 millones de euros. Una cantidad que, por cierto, no repararía ni en un 2% el coste democrático que la actual discrecionalidad del derecho a votar supone.

2- El bipartidismo no ha muerto: Habrá sido herido, habrá sido advertido, pero en definitiva, su aparente derrumbamiento ha sido igual de emocionante que decepcionante. Lo que algunos califican como histórica derrota se encuentra a una distancia exactamente indecente de transformarse en una victoria memorable. La redifusión de dos bloques disputando una contienda cardiaca, un thriller cinematográfico apasionante hace tiempo que dejó de ser una novedad, porque al final son siempre los dos principales actores políticos los que se sitúan al frente de la posibilidad de gobernar. La nueva España o la pena de ser español, español, español. Y bobo de solemnidad.

3- El nacionalismo tampoco ha muerto: Las candidaturas nacionalistas se presentan a las elecciones estatales sin programa de Estado, obtienen representación e incluso grupo parlamentario en el Congreso y se hacen guardianes de las llaves de gobernabilidad central. No tiene sentido. No es decente, ni solidario, ni moderno, ni democrático ni ético. Es un agravio comparativo para el resto de comunidades y territorios. Lo peor es que tampoco es algo nuevo, sigue siendo sumamente viejo, por desgracia. Y precisamente por eso esta excepcionalidad y anomalía agarrapatada en nuestra sociedad debería resolverse cuanto antes, a satisfacción de todas las partes, y por el bien común de la democracia y el progreso definitivo de todos y cada uno de los ciudadanos españoles.

4- Habrá más vigilancia sobre la corrupción: Tan cierto es que el bipartidismo no ha muerto, como que la introducción de nuevos partidos en el Parlamento impedirá y obstaculizará las prácticas corruptas en política. Tan cierto es que constituye algo inexplicable  -tal vez algún día estemos preparados para entenderlo- que los principales partidos representativos de la corrupción hayan obtenido el mayor respaldo social, como que el nuevo escenario político posibilitará, presuntamente, que la función parlamentaria se realice para el beneficio de la mayoría social y no de una minoría hereditaria y privilegiada que decide el destino conjunto de la sociedad.

5- Un pacto entre PP y PSOE sería Mezquino, Ruiz y Deleznable: Sería una traición y una estafa mayúscula, la constatación de que la corrupción, no solo política sino también moral, es quien nos gobierna de manera efectiva en realidad. La verdadera altura de miras de la tan cacareada renovación política del Partido Socialista solo debe pasar por impedir bajo cualquier fórmula un gobierno del Partido Popular. Ya que de Ciudadanos ha quedado por fin claro qué es lo que de ellos se puede esperar, ahora solo falta confirmar si las supuestas fuerzas progresistas podrán hacer valer los derechos de las mayorías -que no de las minorías como algunos maliciosamente pretenden manipular- por encima de cualquier otra futilidad.