Esta es la segunda parte del resumen online de “Alienación y aceleración” de Hartmut Rosa. La primera era esta.

El punto anterior quedó en “los horizontes y patrones de tiempo de la formación de una voluntad democrática deliberativa y las esferas tecnológica, científica, económica y cultural marchan en direcciones opuestas”.

Es decir, que cuanto más rápido avanzan el conjunto de esferas económica, tecnológica, digital, online, etc…, más tiempo se requiere para sustentar democracias de carácter verdaderamente deliberativo.

Pero no lo hay. De ahí que no sea casual que estrellas mediáticas como Arnold Schwarzenegger, Nicolás Sarkozy o Silvio Berlusconi, hayan triunfado en política, no por la fuerza de sus argumentos, sino por la fuerza de sus consejos mediáticos o de la mera fabricación de opinión pública.

La velocidad nos ha conducido a la volatilidad. Las posturas de por vida han desparecido, y con ello el tradicional significado entre izquierda y derecha. Incluso no es infrecuente cambiar de religión. Y en esferas más personales, apenas nace un bebé, sus padres se vuelven paranoicos con la posibilidad de que pueda ser demasiado “lento”.

La aceleración es una forma de totalitarismo según el autor porque;

– Ejerce presión sobre la voluntad y las acciones de los sujetos

– Es un poder ineludible, todos los sujetos se ven afectados por ella

– Es omnipresente, su influencia no se limita a una u otra área de la vida social sino a todos sus aspectos

– Es difícil o casi imposible criticarla y luchar contra ella

A continuación entrecomillo un párrafo entero por la gran incorrección política que encierra:

“Con toda seguridad llamaríamos totalitario a un régimen que hace que sus súbditos se despierten por las noches con un terrible temor y un peso sobre el pecho, esperando su inmediata desaparición con los corazones alterados y la frente cubierta de sudor. Podemos estar bastante seguros de que hay más gente que despierta en esas condiciones todas las noches en los llamados países libres y desarrollados de Occidente que, digamos, en el Iraq de Saddam Hussein o incluso en la Corea del Norte actual.”

El autor pretende manifestar que no hay tirano que pueda igualar el nivel de regulación virtual o invisible que la sociedad de la aceleración, totalitaria según las definiciones anteriores, consigue desplegar.

¿A qué clases de “temor” que provocan insomnio, pánico, etc…, y que sufren las personas de las sociedades “libres” y capitalistas, se refiere el autor?

“Si aquellos que están bien equipados y empiezan la competencia desde lugares de privilegio tienen que correr a toda la velocidad de la que son capaces e invertir todas sus energías con tal de permanecer en el juego, es razonable que aquellos que comienzan con algún tipo de déficit ni siquiera hagan el esfuerzo de ponerse a la par.  Estas personas configuran los nuevos grupos sociales de los terminalmente excluidos, los que han sido llamados el precariado”.

En el libro se indica que la corriente de opinión mayoritaria esparcida de manera online por las redes sociales tiende a desvincular esta realidad del debate político -de las recetas que habría que considerar en términos políticos para erradicar esta realidad- y que, por el contrario, se tiende a responsabilizar al precariado de “no haber sabido administrar correctamente su propio tiempo”.

Pero, ¿pueden la política, y el ritmo pausado que esta requiere para ser el marcapasos de la sociedad, sincronizarse con el ritmo al que evolucionan actualmente los desarrollos sociales, tecnológicos, culturales…?

¿Por qué por debajo de la aparente autopercepción de libertad de que los individuos disfrutan en las sociedades modernas, hay otra apabullante conciencia social que apunta en la dirección contraria?

¿Por qué mientras los individuos se experimentan como completamente libres, también se sienten dominados por una lista excesiva y en constante crecimiento de exigencias sociales, que no pueden controlar, y en una medida completamente desconocida para cualquier otra sociedad?

¿Quién no ha desarrollado nunca un sentimiento de culpabilidad  al final o al principio del día por no haber cumplido con las expectativas? Recuérdese en este sentido, por ejemplo, que aquellos que se dedican al negocio de asesorar dirigentes y élites, o aquellos que trabajan como coach online u orientador personal trasladen, cada vez con mayor frecuencia, que uno de sus principales retos consiste en enseñar a sus clientes que nunca van a ser capaces de ponerse al día con su inventario de tareas.

Rosa apunta que hay quienes consideran erróneamente a “la aceleración y a la competición como medios para alcanzar el fin de la autodeterminación”. En algún momento del pasado esto pudo ser cierto. Pero “cuando las condiciones sociales en las que los actores se encuentran, por un lado, éticamente comprometidos con la idea de la autodeterminación, mientras que, por el otro, conducen a la imposibilidad de llevar a cabo los objetivos en términos prácticos, el estado en el que todo concluye es la alienación.

Los sujetos persiguen fines que en realidad no tienen ningún deseo real de apoyar. El sistema consigue que hagamos “voluntariamente” lo que en realidad no queremos hacer, consigue, incluso, que contratemos sesiones de coaching personal para alcanzar las demandas que nos impone la sociedad actual. Por esta razón a muchos les resultará demasiado fuerte aplicar el concepto totalitarismo al mundo real y online actual, a los aspectos de la sociedad en que vivimos de manera tan aparentemente natural. Siguen y seguirán creyendo que todo lo hacen “voluntariamente”. Y su doctrina favorita es, y seguirá siendo, el liberalismo.

Finalizando con otra de las muchas ideas clave de su obra, Rosa nos aporta una opinión o un consejo personal sobre el momento en el que vivimos -ese en el que no podemos pararnos ni a leer los términos y las cláusulas de los servicios online que contratamos-: “Nunca encontramos el tiempo para informarnos realmente bien sobre lo que estamos haciendo”. Pero, suponiendo que lo tuviéramos, ¿podríamos informarnos, ni tan siquiera, “mínimamente bien”?