La seriedad es ese ingrediente anímico tan necesario para la construcción de una civilización. Diga usted la mayor falsedad, pero dígala con toda solemnidad y desde una cúpula institucional. Acto seguido, a los novecientos noventa y nueve mil millones de ladrillos que se amontonan ya sobre nuestras cabezas se sumará uno más adicional. Sin risas o murmullos que resten al proceso un ápice de pompa y credibilidad.

¿Y al contrario? ¿Qué sucede con el mejor chiste, la mejor ocurrencia extraída de las más hondas profundidades de la rebelión y de la subversión? Ni rastro del ‘efecto hormigón’ que la palabra firme y rígida despliega sobre la civilización.

Por lo tanto, si en lugar de adoptar un enfoque cómico, se adopta otro más cercano a la gravedad para verter cualquier tipo de afirmación, como por ejemplo, que la tensión social que provoca el reto independentista de Cataluña en España no es más que la argamasa que moldea la identidad nacional, -también su cohesión social, determinadas victorias de tipo electoral…- entonces el escenario arquitectónico varía, las placas tectónicas dudan respecto del lugar hacia el que se han de desplazar. Porque la risa, más que constructiva, es analgésica. El semblante serio, más que aburridamente irrelevante, es lo contrario, es revolucionario.

Terminando. Cuando a un ser, probablemente igual de deshonesto y vulgar que los demás, le das un uniforme ostentoso y casa en Roma, o simplemente casa real, solemne o institucional, la magnanimidad de ese contexto es cemento. Cualquier afirmación que vierta será una contribución eficaz a la construcción/demolición de nuestra realidad. La guerra es la paz, la corrupción es un chisme, la crisis es éxtasis. Pero reveladle a un payaso las diez últimas verdades de la humanidad. De reír nos será a todos muy difícil parar.