Uno de los jeroglíficos de carácter existencial más deslumbrante en la historia de la literatura universal lo representa el eterno dilema sobre el “ser o no ser” del dilucidante Hamlet.

Pero tras otra de las antesalas de mayor tensión neuronal, el “caminante, no hay camino, se hace camino al andar” avanza con idéntica vertiginosidad hacia el encuentro del destino de la humanidad.

El homo sapiens parece condenado a desconocer si su existencia pertenece a la circunscripción de la realidad o a la de la simple ficción virtual.

Y no es sólo que la realidad sea un sueño o no. Es que el ser humano disponga de la suficiente libertad para soñarla o no.

Curiosamente, algunos de los más importantes autores intelectuales de la historia del pensamiento universal han asegurado que “si Dios no existiese habría que inventarlo”, en contraposición a esta otra siguiente consideración; “si Dios existiese, habría que hacerlo desaparecer”.

Sobre el sueño eterno o la pesadilla efímera vierte siempre el ser humano un recubrimiento más de enmascaramiento y disfraz, angustiado como parece estar por no poder ser el generador original del caos.

De la incapacidad para asumir el guión del porvenir nace, contradictoriamente, la peor manera de sucumbir.

Pero es mediante un presente insoportable e inaceptable cuando precisamente alcanza su máximo esplendor la siguiente afirmación: “la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento de los hombres”.

Sí, la humanidad seguirá esperando eternamente a su salvador. Sí, cada día, lo único que recibirá, será una nueva calamidad. O no.