Comenzar una reflexión en clave de interpretación sobre la situación que se está viviendo actualmente en Grecia y Europa, y partiendo de una pregunta como la que usted acaba de leer, querido lector, no va a servir en esta ocasión, para que podamos darle una explicación acerca de lo que en la Zona euro vaya a poder, en las próximas extrañas horas, suceder.

Lo reconocemos; no tenemos absolutamente ni idea de lo que está sucediendo en Europa y en Grecia. Aunque esperamos que usted, seguidor habitual de este blog, pueda perdonarnos por partida doble el atrevimiento, ya que, al mismo tiempo, osamos afirmar que en realidad nadie o casi nadie sabe qué es lo que demonios está sucediendo en Europa y en Grecia.

Y usted preguntará, que cómo es posible, tan acostumbrado como está, lógicamente, a escuchar disertar a economistas y políticos de toda clase, afirmando reconocer, en algunos casos con la máxima rotundidad permisible, el conjunto de posturas, dogmas e incluso reacciones posibles por parte de los principales actores de este, permítannoslo decir una vez más, incomprensible escenario.

Por eso sí entenderá entonces usted, razonable lector, que no es que seamos solemnemente bobos, porque lo que sin embargo sí reconocemos saber es que la cadena de acontecimientos producidos en la Eurozona ha dejado de ser potencialmente interpretable desde cualquier ángulo y adscripción ideológica.

Una circunstancia -ésta- especialmente peligrosa, tal y como ya se ha podido apreciar en los últimos enfrentamientos públicos ocurridos en la Plaza Sintagma, unos hechos de los que, si se nos permite otro atrevimiento, no son únicos culpables los partícipes que física y presencialmente se ubicaban allí.

Todo, absolutamente todo, ha parecido darse la vuelta y ponerse del revés en las últimas semanas en el caso “Grexit”. Quienes parecían adoptar una postura rupturista frente a Europa han terminado por acabar abrazando unos lazos más renovadamente opresores. Por el contrario, quienes parecían no querer, ni poder, renunciar a someter a los indómitos, han acabado deseando y defendiendo un proyecto de expulsión y supresión de la vinculación como primera opción.

No, no se puede entender. Y mucho menos cuando incluso un procedimiento de participación democrática considerado cuasi sagrado para la ciudadanía como es el referéndum, ha terminado convertido al final de todo este complejo y doloroso proceso como el paradigma supremo de la futilidad. Mejor dicho; como metáfora del absurdo abismo que existe entre lo que la sociedad manifiesta de forma democrática querer, y lo que finalmente termina en la realidad por suceder.