Tal y como venimos recordando con cierta frecuencia en este blog, no existe ninguna otra economía, dentro del heterogéneo organigrama mundial, que refleje con tanta intensidad como en España, la desbordante corrupción política y moral de los dirigentes de una sociedad.

Hace unos días, sobrepasando los límites definitivos de la obscenidad, el diario El Mundo publicó unas informaciones que a cualquier fiscalía anticorrupción con un mínimo sentido del pudor habrían propulsado ipso facto del sillón.

Y desde entonces todo ha parecido seguir por los mismos cauces de la inacción, con respuestas igual de nulas que las que en su momento se dieron a la destrucción masiva, total o parcial, del empleo, la educación o la sanidad.

Ahora, tras el descubrimiento de los 22 millones de euros evadidos a Suiza por parte de “Don Luis, el macho cabrío”, fuentes internas del propio Partido Popular no han dudado en filtrar que durante 20 años o más aquel señor no hizo otra cosa más que consensuar y anotar por encima de cualquier otra finalidad las cuantías de unos sobres que por lo visto incluían algo más que la voluntad.

Cuando ante la constatación -porque sería un suicidio plantear semejante acusación sin pruebas objetivas que en un momento dado sirviesen de fundamentación- de una conducta tan irregular, se pone sobre la mesa como parte de la solución una auditoría interna que indudablemente muy poco o nada corregirá, lo lógico es que la credibilidad en el sistema institucional se resquebraje, también, un poco más.

“¿Por qué el diario El Mundo publicó entonces las filtraciones que dejaban al descubierto esta insoportable trama de corrupción?”

Si la sonrisa que días atrás dibujaba el rostro de Don Luis Bárcenas pudiese hablar tal vez diría como si quisiese susurrar: “Solamente para que no pensarais que no lo habíais intentado todo