Mientras se acerca la finalización del ejercicio 2013 y la peor etapa de la monumental recesión experimentada en España en los últimos seis años también parece haber llegado a su conclusión, todas las incógnitas relativas al adecuado desenvolvimiento del actual modelo económico y social permanecen irresueltas.

El coral anuncio de la tan ansiada finalización de la recesión constituye ahora un acontecimiento mediático de armoniosa dimensión – idéntico al constituido en su momento por el persistente martillo que originó el comienzo de la destrucción- cuya capacidad para zambullir al conjunto de la ciudadanía en un estado de absoluta hipnosis y perplejidad  general es total.

Fue en 2007 e incluso en 2008, cuando las principales macromagnitudes de la economía española indicaban un estado de salubridad que impedía predecir la actual proporción y extensión del grotesco y espectacular hundimiento nacional.

Y parece ser ahora – a las puertas del año 2014 y con un escenario macroeconómico y social que raya, en términos comparativos, la devastación- cuando la arrolladora fuerza del poder institucional anuncia poseer los ingredientes definitivos que darán lugar en breve a una nueva forma de gastronomía nacional. Se desconoce todavía, sin embargo, cuál.

Toda vez que la maduración de un periodo tan extenso como inexorablemente desmoralizador ha servido para interiorizar decisivamente que la economía no es ni “un estado de ánimo” ni una “mano invisible” que pueda imponer per se su propio guión, la acuartillada pero también endurecida sociedad actual debería poder canalizar todas sus fuerzas y mecanismos de indignación para hacer frente a esta última seducción cuya impasible turbulencia habitual pretende hacer pasar página al conjunto de la sociedad una vez más.

Permitir el cierre aséptico del periodo caracterizado por la corrupción, la amoralidad, la negligencia y la conducción de las instituciones en favor de toda aquella minoría social que ha perjudicado hasta la socavación las estructuras fundamentales del  estado del bienestar, supondría certificar irremediablemente la perpetuación de la ilicitud institucional y reconocer, no solo la completa virtualidad de todo nuestro sistema legal, sino la eterna condena a tener que aceptar el caprichoso futuro que la próxima última seducción tenga la bella deferencia de proyectar en nuestro honor.