Llevamos ya semanas e incluso largos y prolongados meses escuchando en España un ruido de fondo, una falsa llamada a la grandeza, que proviene de los sectores más conservadores y vinculados tanto a PSOE, como a Ciudadanos, como a PP, aparentemente  -solo aparentemente- afanados en tratar de salvaguardar unos intereses absolutamente espurios, mediante lo que ellos mismos han venido a denominar -desde luego que con muy poca modestia y desvergüenza- “Gran Coalición”.

Pero la democracia no es patrimonio de nadie y mucho menos de quienes la pervierten para hacer un uso inapropiado de ella, conforme cada dos por tres procesos judiciales queda probado. Así, no está de más recordar, en el breve intervalo de tiempo que sucede entre una infamia cualquiera y la siguiente, que la democracia no es una silla de posesión y disfrute perpetuos, y que -tal y como la reciente configuración electoral del Congreso de los Diputados y el propio posicionamiento ideológico del conjunto de los partidos ha venido a probar-  la cesión de todo gobierno debe producirse con la máxima naturalidad y sin que absolutamente nadie deba retorcerse como una sucia y mísera sanguijuela por ello.

En el grave contexto actual la urgencia por demostrar que la nuestra es una auténtica democracia es máxima. Ni debe perderse el tiempo ni debe cundir la sensación de que nuestro sistema político representa otra desilusionante falacia más. Y si para tal fin debe cesar la teatralización, la contemporización hasta la expiración o la anteposición de mil intereses secundarios a los únicos intereses válidos y primarios, otrora se hizo tarde ya.

Recuérdese que incluso en la Constitución española el crecimiento económico no es un fin en sí mismo, sino en la medida en que es capaz de permeabilizar en el conjunto de la sociedad. Apártese pues a un lado la demagogia y las reticencias partidistas y apuéstese por un modelo que garantice niveles integradores de bienestar. Sin excusas y referencias a las supuestas órdenes dadas por Europa y otras instituciones del contexto internacional. Priorizando en todo momento los intereses de la mayoría social frente a los de una minoría antisistema. Desde el establecimiento de objetivos posibles y realistas. Desde la erradicación, por consiguiente, de todos aquellos obstáculos que, por leves o mayúsculos que sean, impliquen cualquier sombra de amenaza sobre todos aquellos nuevos rumbos que sea preciso no alterar, precisamente por constituir los únicos canales reales de acceso a otros modelos más dignos de sociedad.

Pero, ¡ay!, en el presente, la única realidad la constituye el hecho de que todo retraso y sucedáneo de cambio perpetuará aún más, si es que acaso cabe, esta nuestra infame condena. Toda maliciosa demora cronificará aún más -acentuando gravemente el daño democrático hasta situarlo en contornos insoportables- la corrupción. Porque si algo no contiene un solo gramo de grandeza es lo que tan autopomposamente se ha venido a denominar “Gran Coalición”.