Y ya queda suficientemente claro así. No es necesario añadir nada más. Porque de lo contrario todo se puede confundir. Y es peor. El gobierno actual -que, como faltaría más, pretende preservarse en el poder- ha apostado justo por aquello que la izquierda no ha sabido -o no ha querido- proveer. El proyecto de unidad. O el proyecto de eso que nadie sabe qué demonios es y en qué rayos consiste. Casualidad o no, ese mismo gobierno que antes todo lo dividía y enfrentaba, coloca ahora la utopía al alcance de la sociedad. Pero incluso hasta para distinguir el buen o mal olor de la fragancias resulta necesaria una educación sin recortes.

A veces todo es extremadamente complicado. Hay quien dice defender el derecho a expresar la propia opinión con la única condición de poder cambiártela a continuación. También hay quien dice que la realidad es una máscara. Que nos vemos obligados a sepultar las imperfecciones del mundo bajo toneladas de extravagantes y complicados disfraces. Y no siempre tienen razón, como tampoco vencen siempre los que tienen razón. Porque la democracia también es eso; una competición. Un artificio construido para redimirnos ante el mundo con el objetivo de engalanar en la medida de lo posible el aspecto de aquello que llamamos sociedad.

En España, seis millones de parados no consiguieron que los principales grupos políticos escenificasen una estrategia común, contundente y firme ante el problema. Camino de nuevas elecciones, el imperceptible descenso del paro sobre el nivel de comienzos de legislatura parece haber relegado la cuestión a un asunto de mero orden secundario. Al final, todo esfuerzo ímprobo obtiene su recompensa. Los sordos se afanan en demostrar que escuchan un nuevo grito social. Y los que no lo son, ¿acabarán bailando en un teatro irreal de marionetas?