El Sirviente es una de esas películas sobre las que no se suele hablar. Y sin embargo debería estar hablándose todo el día de ellas. De modo que hoy escribiremos de ella aquí, aunque éste sólo sea el espacio de un blog de economía (y aún así no estará nuestra intención del todo fuera de lugar, pues no desacertadamente El Sirviente ha sido señalado como uno de los más inquietantes ejercicios descriptivos -en clave metafórica- sobre la lucha de clases).

Pero no desgranaremos en esta ocasión su argumento. Ni reduciremos tampoco su abismal profundidad a una única y mera idea central, pues El Sirviente es una de esas películas, como decíamos al principio, que nace de un espejo que irradia múltiples e infinitos reflejos. Y aunque este hecho pueda ser criticado por que de su composición final resulte una sociedad, una humanidad o un mundo grotescos, es precisamente ésta su corona de gloria final.

Porque en El Sirviente, como en la vida real, la turbulencia discurre a veces soterrada bajo la fina capa superficial de la cotidianeidad. Y es entonces cuando hay que atreverse a escarbar en la tierra de esta siniestra y desapercibida convivencia para que la crueldad y la verdad puedan emerger en su totalidad. Por eso El Sirviente es una obra maestra. Porque te permite experimentar, y soportar, súbitas aceleraciones del corazón.