“Sin multiplicar los ejemplos, espero haber dicho lo bastante para demostrar que todo lo que disminuye la desigualdad en el producto obtenido con la aplicación de dosis sucesivas de capital al mismo terreno o a uno nuevo tiende a disminuir la renta; y que todo lo que aumenta esa desigualdad produce necesariamente el efecto opuesto y tiende a hacerla subir”.

Así terminaba el célebre economista del siglo XIX, David Ricardo, el tercer capítulo de su obra “Principios de economía política”, dedicado al concepto “De la Renta” y en el que como se puede observar el concepto de la desigualdad constituía uno de los ejes centrales.

David Ricardo se limitó a exponer en dicha obra cómo las diferentes calidades de las tierras agrarias acababan generando rentas. “Si todos los terrenos tuvieran las mismas propiedades, si fueran ilimitados en cantidad y uniformes en calidad, no se podría cobrar por su uso, a menos que poseyeran ventajas especiales de situación”. Pero, “cuando con el progreso de la sociedad se empiezan a cultivar terrenos de segundo orden, se principia inmediatamente a pagar renta por los de primera calidad, y la cantidad de esa retribución dependerá de la calidad de estos dos órdenes de terrenos”.

El economista de origen judío y nacido en 1772 lo explicaba de esta manera. “Supongamos que tres terrenos, números 1, 2 y 3, rinden con un empleo igual de capital y de trabajo un producto neto de 100, 90 y 80 cuartas de trigo. En un país nuevo, donde hay abundancia de tierras fértiles en comparación con su población, y donde, por consiguiente, solo es necesario cultivar el terreno 1, todo el producto neto pertenecerá al cultivador y representará los beneficios del capital que emplea. Tan pronto como la población haya aumentado en una proporción que haga necesario cultivar el terreno número 2, del cual solo pueden obtenerse 90 cuartas, empezará a cobrarse renta por el número 1, pues o bien deben haber dos tipos de beneficio sobre el capital agrícola, o el valor de 10 cuartas debe restarse del producto del terreno 1 para otros fines. Ya sea este terreno cultivado por el propietario de la tierra, ya por otra persona, esas 10 cuartas siempre constituirían una renta, pues el cultivador del terreno 2 obtendría el mismo resultado con su capital,  ya sea que cultivara el número 1, pagando 10 cuartas como arrendamiento, o que siguiera cultivando el número 2 sin pagar renta. Del mismo modo, se podría demostrar que, cuando se hace preciso cultivar el terreno número 3,  la renta del número 2 debe ser de 10 cuartas o el valor de las mismas, mientras que la renta del número 1 subiría a 20, pues el cultivo del número 3 obtendría los mismos beneficios pagando 20 cuartas por la renta del número 1, 10 por la del número 2, o cultivando el número 3 sin pagar renta.”

La comprensión de los textos de David Ricardo no es inmediata, requiere de una lectura lenta, al final de la cual, sin embargo, se despliega todo su esplendor lógico. También hay que añadir que la dificultad para penetrar en el sentido de sus palabras reside en la cantidad de conceptos empleados en el desarrollo de sus argumentos. Si nos fijamos por ejemplo en las escasas líneas transcritas, una multiplicidad de términos cuya comprensión previa es necesaria aparecen por doquier: beneficios, renta, valor, producto e incluso uno sumamente interesante: propietario.

El destinatario de la renta que describe David Ricardo lo es por el mero hecho de poseer las mejores tierras y su actuación sigue este esquema: “¿Quieres ocupar esta tierra, la de mejor calidad? Págame 10, la diferencia de producto que existe entre cultivar la mía, que genera 100, y cultivar la tuya, que genera 90. De ahí su conclusión: sin desigualdad, no habría rentas. ¿Y por qué alguien debe ser propietario de una tierra y obtener rentas por ella? Veamos lo que decía otra economista de la época: Jean-Baptiste Say: “La tierra, como ya hemos visto, no es el único agente de la naturaleza que tiene una potencia productiva, pero es el único, o casi el único, que una categoría de hombres toman para sí, con exclusión de los demás, y del cual, por consiguiente, pueden apropiarse los beneficios.”.

“Una categoría de hombres”. Efectivamente, todo el análisis de David Ricardo se remite a la desigualdad de producto generado en tierras de cultivo. Pero, ¿acaso no es cierto que la desigualdad educativa y formativa, por ejemplo, también genera rentas, y aquel que está mejor formado y cualificado puede obtener o exigir una contraprestación superior a la de aquel cuya formación es inferior? Esta reflexión, tan solo si también consideramos, siguiendo a J. B. Say,  al “hombre” como un agente más de la naturaleza. (¿Que “una categoría de hombres” también puede tomar para sí?)