Si el funcionamiento de la realidad pudiese ser reducido a un conjunto de simples y sencillas ecuaciones matemáticas de tal modo que ningún acontecimiento dependiese del azar, muy probablemente en ese preciso instante surgiría de la nada un astuto personaje haciendo saltar por los aires la monotonía de la realidad. Y ese personaje, siempre y cuando hubiese dinero de por medio, claro, se haría llamar Luis Bárcenas, alias “Don Luis, el Impala”.

Bajo la esencia del misterio y la impredecibilidad, el ligero y ágil salto de este impala interestelar hacia la portada de la actualidad política y nacional coincidiría con la cada vez más evidente detonación del viejo mundo institucional, aquél en el que, antiguamente, y para escabullirse de un chanchullo adicional más, todo se solucionaba echándole la culpa al que “cortaba el bacalao” con anterioridad.

Imaginemos, por lo tanto, al juez Ruz comenzando la investigación de las cuentas bancarias de Bárcenas, desmenuzando los apuntes suizos del año 2004, remontándose hasta los del 92, atravesando los del 86 e incluso viajando hasta Argentina para inspeccionar lo que sucedió a principios del 82. Así, constantemente hacia el infinito hasta darse de bruces con la existencia del mismísimo Dios.

En ese punto, sólo podrían pasar tres cosas. 1- o bien aparecería otro juez para interrumpir la investigación, 2- o bien ya habría prescrito la existencia de Dios, 3- o bien el omnipotente Dios persistiría en señalar a alguien situado por detrás de él (todo podría ser).

Ahora bien, la misteriosa fuerza que impulsa a Bárcenas con tanta brusquedad más allá del orden y la racionalidad, le ha llevado incluso a atravesar, y no sólo metafóricamente, las puertas traseras de toda una señora justicia de la sociedad. Y mientras la mayoría de la humanidad sigue atascada en el “fantasma de la libertad”, a Bárcenas sólo le bastan su “buen hacer” y su “sentido común” para ser libre y no experimentar el menor remordimiento moral.

Que el señor Bárcenas tiene cualidades nadie lo puede negar, empezando por un afán absolutamente desmedido hacia el dinero y terminando por una exquisita observación de la buena educación -salvo cuando se desmarcó con aquella peineta en forma de desliz, todo hay que decir-. Pero incluso aquel supuesto desliz tuvo una delicadeza superior al mismo gesto que hace unos años también regalara en Oviedo el ex presidente José María Aznar, gesto que en aquella ocasión alcanzó una repugnancia estética prácticamente insuperable.

Al contrario de lo que parecía al inicio de toda esta digresión, o de toda esta lógica argumentación (todo depende), Bárcenas nunca poseerá, a pesar de su carácter emprendedor, la fórmula exacta del azar. Sabe demasiado bien que administrando su “buen hacer” puede evitar que salte por los aires su propia estabilidad y la del conjunto del PP.

Pero, ¿quién no espera con los brazos abiertos que la justicia acabe siendo más astuta que él?